Little Britain cruza el charco
Agosto 28, 2008Tras un año de preparación, llega a EE.UU. la increíble creación de Matt Lucas y David Walliams; en la nota, algunos de los sketches más clásicos y cáusticos.

Arriba a la izquierda, tres de los sketches más populares: primero, Edward ‘Emily’ Howard y Florence (los travestis victorianos); luego, Marjorie Dawes (la agresiva instructora de adelgazamiento); y finalmente, Vicky Pollard (la adolescente grosera); a la derecha, una selección de episodios de los inverosímiles amigos Lou Todd y Andy Pipkin; abajo, los responsables del guión, la dirección y la actuación de toda la serie, Matt Lucas y David Walliams.
Little Britain nació en 2001 en radio. Más precisamente en BBC Radio 4. Desde su mismísimo estreno comenzó poco a poco a transformarse en un programa de culto, en un secreto a voces que desnudaba las miserias más ocultas y evidentes a la vez del ser inglés, gracias a la agudísima mirada de sus creadores, los contrapuestos y complementarios Matt Lucas (una especie de Tío Lucas más petiso, pero igual de pelado y de sonriente) y David Walliams (el guapo del dúo, característica que a veces lo hace más imprevisible y absurdo).
Así, no resultó extraño que en 2003 la serie agregara imágenes al sonido y pasara al canal de TV BBC Three, que se emite sólo en digital.
Los ocho episodios de esa temporada fueron tal éxito –siempre dentro de los limitados márgenes de un canal digital– que tampoco fue extraño que, mientras BBC Three seguía avanzando con las temporadas dos y tres de TV, el canal BBC Two –que se dirige a una audiencia mucho mayor– emitiera la primera temporada de Little Britain, y que tiempo después incluso BBC One –de mayor audiencia aun– también se sumara.
A partir de todo esto, y principalmente del talento impar y la crudeza a prueba de balas de su dúo creador, Little Britain se ha convertido en una serie con millones de fans en todo el mundo, pese a lo cual en Latinoamérica no ha tenido el mismo suceso que en los países de origen anglosajón.
Ahora, finalmente, le ha llegado el momento a la gran aspiradora de la cultura mundial: los Estados Unidos. Pero inesperadamente, esta vez no será a través de una adaptación al mundo estadounidense con actores y puestas en escena locales, sino con los mismos Lucas y Walliams –transplantados, eso sí– conservando algunos de los personajes, incorporando otros nuevos y dándole vida, desde el 29 de septiembre próximo en la pantalla de HBO en los Estados Unidos y de The Movie Network en Canadá, a Little Britain USA.
Y eso no será todo: la paradoja se completará cuando, una vez estrenados en Norteamérica, los capítulos de Little Britain USA peguen la vuelta, crucen nuevamente el charco y sean estrenados… en BBC One.
¿QUÉ ES?
Probablemente el mejor modo de responderse esta pregunta sea apretar PLAY en los dos videos que ilustran este post: nada mejor que entender de qué se trata un programa humorístico que mirándolo. ¿Alguien hubiera amado a los Monty Python únicamente leyendo sobre ellos, sin ver jamás las genialidades de Graham Chapman, John Cleese, Terry Gilliam, Eric Idle, Terry Jones y Michael Palin? Imposible. ¿O alguien se hubiera fanatizado con The Benny Hill Show de no haberse encontrado con el genial cómico inglés en la pantalla?
Y es que esa, la de los grandes cómicos televisivos ingleses, es la tradición que sigue –con enorme eficacia– Little Britain. De modo que vaya y haga PLAY, primero que nada. Después, si sigue con curiosidad, siga leyendo.
El éxito de Little Britain se manifestó rápidamente por la manera en que los ingleses adoptaron muchísimos tics verbales de los personajes creados por Lucas y Walliams, como el “Yeah, I’m gay, get over it!” (Sí, soy gay, ¡supéralo!) de Daffyd Thomas (Lucas), un homosexual galés que se cree el único gay del pueblo y se rebela con la opresión de una sociedad homófoba, pese a que su pueblito está literalmente lleno de homosexuales y nadie lo persigue por esa condición.
O el “But I am a lady!” (¡Pero si soy una señora!) de Edward ‘Emily’ Howard (Walliams), un travesti que intenta convencer a todo el mundo de que es una mujer, con su vestido del más puro estilo victoriano, pese a que en algún momento del sketch se ve obligado a mostrar algún rasgo de masculinidad evidente, como la voz grave o el uso del baño para hombres.
O el “Yes, but no, but yes, but no, but yes…” (Sí, pero no, pero sí, pero no…) de Vicky Pollard (Lucas), prototipo de adolescente guarra, madre soltera y eternamente con pequeños problemas con la ley.
Esos y muchísimos otros personajes (como Mr. Mann –Walliams–, el cliente que visita eternamente el negocio de un tal Roy –Lucas– para pedirle cosas tan concretas como una tarjeta de felicitación para un hombre de sesenta y cinco años que odia a los perros, a los gatos y a las ranas dibujadas; o los amigos Lou y Andy, que se ven en el video de la derecha) son los que han hecho de Little Britain algo que verdaderamente vale la pena conocer.
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Las esculturas de la opulencia
Agosto 27, 2008Las obras de Jennifer Maestre, hechas sólo con lápices, hacen inevitablemente pensar en la escasez de esa herramienta en muchos rincones del Tercer Mundo.


“Aurora” (arriba) y “Asteridae” (abajo): alegres y coloridas, las esculturas de Maestre encierran en sí mismas la paradoja de haber sido creadas con herramientas con las que mucha gente podría a su vez crear otras, tal vez más primitivas pero probablemente más vitales.
Jennifer Maestre nació en Johannesburgo (Sudáfrica), es licenciada en arte por el Wellesley College de Massachusetts (Estados Unidos) y tiene una maestría por el Massachusetts College of Art. Trabaja exclusivamente a partir de agujas y lápices, y sus obras han sido premiadas y expuestas innumerables veces desde mediados de los años 90.
No es el objetivo de Adlatina Lado B discutir sobre los derechos de los artistas a utilizar este o aquel material para sus creaciones, ni censurar ningún modo de expresión. Pero sí transmitir sensaciones, instintos y estímulos que esos artistas y sus obras generan en derredor.
Y ver tantos cientos de lápices (pueden verse unos cuantos más en la página web de la artista, más precisamente en su sección Portfolio), tan maravillosamente usados y prolijamente fragmentados uno por uno, dispara ese instinto, es casi inevitable.
¿Qué hubieran podido escribir o dibujar niños de tantos rincones de la Argentina, de Nicaragua, de Brasil, de Honduras, de Ecuador, de Bolivia, de Perú y de tantos rincones latinoamericanos más si un lápiz de esos hubiera llegado a sus manos?
Para no exagerar con los gases lacrimógenos, este breve post cierra su toma de posición citando completo (como en la nota Descansen en paz, viejas cámaras, del jueves 19 de junio pasado) un cuento del uruguayo Eduardo Galeano (Montevideo, 3 de septiembre de 1940) incluido en El libro de los abrazos de 1989.
Un cuento en el que un lápiz y un papel (y un brazo) son los tristes co-protagonistas.
LA BUROCRACIA /1
En tiempos de la dictadura militar, a mediados de 1973, un preso político uruguayo, Juan José Noueched, sufrió una sanción de cinco días: cinco días sin visita ni recreo, cinco días sin nada, por violación del reglamento. Desde el punto de vista del capitán que le aplicó la sanción, el reglamento no dejaba lugar a dudas. El reglamento establecía claramente que los presos debían caminar en fila y con ambas manos en la espalda. Noueched había sido castigado por poner una sola mano en la espalda.
Noueched era manco.
Había caído preso en dos etapas. Primero había caído su brazo. Después él. El brazo cayó en Montevideo. Noueched venía escapando a todo correr cuando el policía que lo perseguía alcanzó a pegarle un manotón, le gritó: ¡Dese preso! y se quedó con el brazo en la mano. El resto de Noueched cayó un año y medio después, en Paysandú.
En la cárcel, Noueched quiso recuperar su brazo perdido:
–Haga una solicitud– le dijeron.
Él explicó que no tenía lápiz:
–Haga una solicitud de lápiz– le dijeron.
Entonces tuvo lápiz, pero no tenía papel:
–Haga una solicitud de papel– le dijeron.
Cuando por fin tuvo lápiz y papel, formuló su solicitud de brazo.
Al tiempo le contestaron. Que no. No se podía: el brazo estaba en otro expediente. A él lo había procesado la justicia militar. Al brazo, la justicia civil.
VÍA…
… Tobías Tercic, alumno de primer año de la Escuela Superior de Creativos Publicitarios. ¡Gracias, Tobías!
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Hollywood y su lado B de basura
Agosto 26, 2008Dos paparazzis franceses llevan veinte años hurgando en los desperdicios de las estrellas; ¿libertad de prensa o violación del derecho a la privacidad?





Algunos de los objetos arrojados a la basura, entre 1990 y 1996, por Madonna, Bruce Willis, Jack Nicholson y Sharon Stone, dispuestos prolijamente por los “trash hunters” Bruno Mouron y Pascal Rostain, fotografiados abajo.
Un día de 1988, un profesor de sociología publicó en el diario francés Le Monde un profundo artículo sobre la basura y su valor de síntoma social. Los desechos, afirmaba el columnista, son elementos que pueden ser muy esclarecedores sobre fenómenos como el consumo y los comportamientos sociales.
¡Bingo!, exclamaron Bruno Mouron y Pascal Rostain al leer el artículo. No, no eran basureros desempleados. Tampoco sociólogos preparando una tesis doctoral. Eran paparazzis profesionales.
Según Wikipedia, “paparazzo (en el plural paparazzi) es una palabra de la lengua italiana que denomina al que tiene una conducta de fisgón, entrometido, sin escrúpulos mientras ejerce su oficio de fotógrafo. El nombre es debido al personaje Paparazzo de la pelicula de Federico Fellini ‘La dolce vita’, y tras la película se denomina así a los fotógrafos de la denominada prensa rosa”.
“Sin escrúpulos” es, evidentemente, la descripción que mejor se aplica a la ocupación que desde ese día adoptaron Mouron y Rostain para sobresalir en ese mundo fronterizo que separa cierta fotografía periodística del arte puro. Porque desde entonces se convirtieron en lo que cualquier angloparlante llamaría trash hunters (cazadores de desperdicios), pero en un circuito más que exclusivo: sólo meten sus narices (y sus cámaras fotográficas) en ciertas bolsas de basura de las ciudades de París y Los Ángeles. Concretamente, en las que reposan en las veredas de las mansiones de personalidades que la prensa rosa suele perseguir y publicar en sus portadas.
Así, en poco tiempo ya habían estudiado, analizado y clasificado los residuos de personajones como Brigitte Bardot, Jean-Marie Le Pen, Yannick Noah, Gérard Depardieu, Marlon Brando, Jack Nicholson, Madonna, Michael Jackson y Ronald Reagan, entre muchos otros.
LA CONSAGRACIÓN
Resulta incómodo y casi contradictorio utilizar un sustantivo tan grandilocuente para referirse a nada más que basura. Pero es que algo así fue lo que alcanzó el trabajo de Mouron y Rostain cuando, en marzo del año pasado, se inauguró la muestra “Trash” en uno de los templos del arte fotográfico más afamados del mundo: la Maison Européenne de la Photographie, en París.
La muestra, que estuvo compuesta por disposiciones fotográficas como las que ilustran este post, permitió al público conocer el curioso modo de ordenamiento de desechos de que hacen gala los verdaderos y únicos Paparazzis de la Basura a la hora de presentar en escena su obra.
LA DUDA
La semana pasada, en una columna titulada The press versus privacy (La prensa contra la privacidad), Robert Skidelsky –miembro de la Cámara de los Lores inglesa y profesor de economía política en la Universidad de Warwick– se preguntaba: “¿En qué condiciones es permisible limitar la libertad de prensa a fin de proteger el derecho a la privacidad o viceversa?”. Luego de analizar, a propósito de esta pregunta, el ventilado caso de la nota Director de la F1 en orgía nazi con cinco prostitutas, el especialista se responde: “Sería difícil, pero no imposible, dar un marco a una ley que limite el abuso del poder de la prensa y proteja al mismo tiempo su libertad para revelar los abusos del poder político. El principio esencial es que no se debe permitir que los medios alimenten la lascivia de la gente con el pretexto de proteger el interés público”.
A partir de estos postulados, ¿dónde encajaría la basurología de Mouron y Rostain?
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Tener sensaciones en un miembro perdido
Agosto 25, 2008Ayer se celebró en Uruguay la Noche de la Nostalgia, sentimiento que la publicidad sabe aprovechar y que la psicología compara con la sensación física del amputado.

El autor de este blog en 1975, sonriendo orgulloso desde sus 8 años de edad mientras exhibía las “increíbles” construcciones que su papá le había ayudado a armar con Rasti.
La nostalgia describe un anhelo del pasado, a menudo idealizado y poco realista, afirma la definición de la habitualmente precisa Wikipedia.
A menudo idealizado y poco realista… ¿Entonces era mentira que los Rastis eran irrompibles, que se enganchaban perfectamente bien y que le permitían a uno experimentar satisfacciones como la de la foto? En realidad, probablemente allí haya poco de idealización y mucho de realismo, y hasta puede apelarse a la irrefutable prueba de los retornados Rastis de estos tiempos para comprobarlo.
Pero no debe olvidarse que, así como la nostalgia “se puede asociar a menudo con una memoria cariñosa de niñez, una persona, un cierto juego o un objeto personal estimado”, los estudios “muestran que muchas personas creen que en años o décadas pasadas las personas estaban mejor de lo que están ahora, con un nivel de vida más alto, incluso cuando esto no es siempre el caso”.
Indudablemente a eso se debe el eterno retorno de las modas, el regreso de los rockeros cincuentones a los apolillados escenarios sobre los que fueron ovacionados a los veintipico y los fanatismos a veces inexplicables por ex deportistas, ex músicos y ex lo que sea.
E indudablemente a eso se debe también el muy consciente aprovechamiento que los avivados publicitarios hacen de ese sentimiento sagrado que multitudinarias generaciones comparten con respecto a un fenómeno, a una marca, a una costumbre o a un lugar. Y así se relanzan marcas que en algún momento habían construido exitosamente una imagen que el tiempo no ha logrado disolver (el citado caso de Rasti es imbatible en este sentido).
LOS PUBLICITARIOS TAMBIÉN SON HUMANOS
La apreciación sobre el jugo que los publicitarios le sacan comercialmente a la nostalgia no implica en modo alguno que ellos estén a salvo del sentimiento sagrado.
¿Cómo se explica, si no, que una productora mexicana de cine publicitario se llame Rayuela, que otra de la ciudad argentina de Mar del Plata se llame Scout Films o que una agencia venezolana haya elegido para sí el apelativo de Eastwood & Bronson?
“Todos nos preguntan de dónde salió el nombre –le explicó uno de sus fundadores, Félix Zilinskas, a la revista 1492 Cultura Creativa hace un par de años–. Como se darán cuenta, Zilinskas y Navas no pegan mucho. Eastwood & Bronson suena mejor y hasta puedes creer que es una agencia multinacional prestigiosa. Pero lo cierto es que los apellidos corresponden a Clint Eastwood y Charles Bronson, dos de los actores duros más populares del cine del último siglo”.
Un caso similar es el de la productora porteña Rasti Films, que en la sección “About us” de su página web explica: “La productora nace de charlas entre café y café, pensando en la filosofía de los Rasti: un conjunto de piezas que por sí solas no son nada, pero que puestas de diferentes maneras, apoyándose unas con otras, forman algo sólido y con sentido”.
Otro ejemplo excelente es la movida que el Círculo Uruguayo de la Publicidad generó en su página web en estos días, para subirse a las sensaciones nacionales con respecto a lo vivido anoche en todos los bares y boliches del país. (La iniciativa se tituló Galería de la Nostalgia e incluyó una recorrida fotográfica por todo lo vivido por la institución y por su festival, el Desachate, desde 1989 hasta ahora).
¿Y cómo es posible que el ambiente publicitario sea el caldo de cultivo ideal en el que se gestan retornos “con todo” como los de las zapatillas Puma –que nunca desaparecieron, pero claramente habían dejado de ser bien vistas entre los jóvenes–, las galletitas Tentaciones y hasta los temas lentos que hace un tiempo auspició la marca Doritos?
Todo eso es posible porque los publicitarios, que en algún momento fueron niños, van creciendo y conociendo la nostalgia.
Y no sólo eso: cuando se convierten en padres, se transforman en los principales promotores de la nostalgia comercial que ciertas canciones, ciertas prendas y ciertas marcas les generan a ellos mismos, y hasta logran que niños y niñas del siglo XXI, que jamás se tomaron una Teem, ni se calzaron unas Llavetex (Juan, Perico y Andrés, los tres calzan Llavetex) o unos botines Sacachispas, ni entraron a un local de Pumper Nic a pedir unas Frenys, de pronto no sólo conozcan todas esas marcas, sino que incluso sueñen con ellas y deseen que reaparezcan en el mercado para poder experimentar esas sensaciones sagradas de las que les hablan sus papás.
¿DÓNDE PICA LA NOSTALGIA?
Es cierto que la nostalgia no es un sentimiento científicamente demasiado definible. Algunos pensadores, intentándolo, la han descripto como “la sublimación en la indeterminación de un anhelo del alma desbordado en la materia, como un amar sin ser amado y como un dolor que sentimos en miembros que no tenemos”. Algo muy parecido a esa picazón de pie que dicen que experimentan las personas a las que se les acaba de amputar una pierna: por más que busquen y rebusquen, jamás encontrarán dónde rascarse.
¿Y dónde pica la nostalgia?
Eso ya es cosa de cada uno. Al chico de la foto, hoy ya crecido, probablemente en la admiración ilimitada que sentía por dos hechos paralelos e incontrastables: la apasionante versatilidad de los Rastis para generar mundos inexistentes diez minutos antes y la incomparable habilidad de su padre para maniobrar las piezas y generar esos mundos.
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Guayaquil: el tiempo de las microempresas
Agosto 22, 2008El trabajo incansable de la Fundación Ser Paz en uno de los peores barrios de la ciudad ecuatoriana permite una nueva comparación con “La naranja mecánica”.
Para ver cómodamente el documental completo, que dura 6 minutos, se recomienda mucha paciencia: el archivo pesa 61 MB. Quizás lo mejor sea poner Pausa y esperar que termine de descargar del todo, y recién después apretar Play.
Esta tercera entrega del ciclo Los pandilleros de Guayaquil continúa lo que ya se había “proyectado” los anteriores dos viernes de agosto:
–Guayaquil, ciudad naranja y mecánica el viernes 8; y
–Guayaquil: esperanza con rostro de mujer el viernes 15.
En esta ocasión los protagonistas son varios pandilleros reencauzados: uno, a cargo de un estudio de grabación; otros, peluqueros y graffiteros; los últimos, bailarines de breakdance en un gimnasio; todos, con un vocabulario que perfectamente puede compararse con el mítico lenguaje “nadsat” creado por el inglés Anthony Burgess para “La naranja mecánica”.
CÓMO SE DICE…
• Robar: para los pandilleros, caminar; en nadsat, crastar.
• Policía: chapa; militso.
• Madre: cucha; eme.
• Muy bueno: del putas; joroschó.
• Comida: jama; pischa.
• Amigo: pana; drugo.
• Matar: quebrar; ubivar.
• Muchacha: pelada; ptitsa.
• Tener sexo: tirar; lubilubar.
• Cobarde, miedoso: ahuevado; puglio.
• Casa: caleta; domo.
• Cárcel: cana; staja.
• Droga: dope; drencrom, synthemesco, velocet.
El objetivo, obviamente, es el mismo, tanto en las calles guayaquileñas del año 2008 como en la fantasía de un escritor inglés que escribe una novela críptica en 1962: protegerse, aislarse, generar un escudo que aísle a un determinado grupo del ejido social que lo rodea.
La maravilla, en el caso de Ecuador, es que los pandilleros, más allá de conservar su lenguaje, sus gestos y sus códigos, y más que nada gracias a la acción incansable de mucha gente, logren finalmente derribar esos escudos concéntricos que ellos mismos habían generado a su alrededor.
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Artista y detector de adicciones
Agosto 21, 2008Hasta el domingo, un museo suizo exhibe una retrospectiva de un fotógrafo ucraniano que registra vicios de niños y adultos socialistas cayendo en el consumismo.



Izquierda, “Sigaret”, de la serie “Steel workers” (Trabajadores del acero), de 2003; centro, “Mickey Mouse”, de la serie Juvenile Detention (Detenidos juveniles), de 2001; y derecha, “Sasha”, de la serie “Kids” (Niños), de 2000.
Se llama Sergey Bratkov.
Nació en Kiev, Ucrania, en 1960.
Desde 1969 hasta 1978 se formó en el Repin Art College de Kharviv.
En 1983 se recibió de ingeniero electrónico en la Academia Politécnica de esa ciudad.
Ya en 1987 su derrotero empezó a tomar el camino del arte, cuando expuso por primera vez en solitario en el Foro Stadtpark Graz de Berlín, Nuremberg, Wisconsin y Trieste.
Desde entonces algunos de sus hitos fueron su participación en distintas muestras de arte post-soviético, en ferias de arte internacionales y en bienales como la de San Pablo en 2002 y la de Venecia en 2003.
Su formación, fuertemente arraigada a la ciudad de Kharviv y su entorno, tuvo que ver con las enseñanzas de su maestro Boris Mikhailov, un artista que resultó decisivo en la adopción, por parte de Bratkov, del estilo realista radical que lo caracteriza. Un estilo que, dicho sea de paso, tiene también gran relación con el espíritu mismo del arte nacional socialista.
Así, las obras de Bratkov pueden –y deben– ser juzgadas según la época en que fueron producidas: en un contexto soviético y post-soviético. Y es que, tras el colapso de la Unión Soviética, la fotografía rusa y ucraniana se reconstruyó a sí misma a partir de los postulados de la tradición occidental, pero siempre conservando una identidad única que respetó sus raíces y su contenido.
LA RETROSPECTIVA
Hasta este domingo 24 de agosto, el Fotomuseum de la ciudad suiza de Winterthur exhibe la muestra “Sergey Bratkov: Heldenzeiten” (Días de Gloria). Un recorrido que, de acuerdo con la crítica Marlyne Sahakian (de Artkrush), permite a sus visitantes presenciar las raíces del socialismo precipitándose en el capitalismo. Es que en más de 130 imágenes tomadas durante la caída de la Unión Soviética, Bratkov captura el día a día de personas tan variadas como secretarias ejecutivas, chicos de la calle, soldados, niños bien y otros, todos captados en una esencia que los liga de un modo u otro a una adicción: la adicción al cigarrillo en personajes como los que ilustran este post; la adicción a la droga en adolescentes que pese a todo sonríen; la adicción al consumismo propio de la efervescencia post-soviética tan clásica de ese fenómeno único.
El título de la muestra, Días de Gloria, evoca con cierto cinismo los clichés ideológicos construidos a partir de los retratos de estos héroes cotidianos, como los Trabajadores del Acero tan característicos de esa zona del mundo.
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