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Guayaquil, ciudad naranja y mecánica

Viernes, Agosto 8, 2008

Desde hoy y durante cuatro viernes, el ciclo “Las pandillas de Guayaquil” mostrará la evolución de una ciudad que quiere cambiar, con entrevistas inéditas.

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Con entrevistas de primera mano realizadas en Guayaquil por el director de adlatina.com, Jorge Martínez, el ciclo “Las pandillas de Guayaquil” apunta a mostrar las dos caras de una ciudad que claramente las tiene… y a comparar su historia con la que Anthony Burgess imaginó literariamente hace 46 años.

En su trabajo Pandillas juveniles, el antropólogo urbano Mauro Cerbino explica el caso de las pandillas guayaquileñas detallando que “la mayoría de los relatos apunta a definir al líder como una persona ‘bien arrecha’, que sabe dirigir en particular, las situaciones de pelea o las acciones de asaltos o robos”.
Cerbino detalla que esa es la razón por la que “la persona que lidera debe demostrar tener un ‘historial delictivo’ importante, marcado por la virilidad”.
“Un líder se mide más por los puñetes –describe uno de sus entrevistados–, o porque roba o por las cosas que hace, o sea, si mataste a alguien, yo no voy a discutir el liderazgo, porque si mataste una vez puedes matar otra…”.
La situación parece perfecta para recordar cómo comenzó el inglés Anthony Burgess (1917-1933) su novela más famosa, La naranja mecánica, que curiosamente tiene que ver con jóvenes, pandillas, violencia, desenfreno… y más variables, que así como en el caso de lo que ocurre en Guayaquil, recién se pondrán en juego en las siguientes tres etapas del mini-ciclo.

LA NARANJA MECÁNICA • PRIMERA PARTE
Traducción de Aníbal Leal, Ediciones Minotauro, 1976
-¿Y ahora qué pasa, eh?
Estábamos yo, Alex, y mis tres drugos, Pete, Georgie y el Lerdo, que realmente era lerdo, sentados en el bar lácteo Korova, exprimiéndonos los rasudoques y decidiendo qué podríamos hacer esa noche, en un invierno oscuro, helado y bastardo aunque seco. El bar lácteo Korova era un mesto donde servían leche-plus, y quizás ustedes, oh hermanos míos, han olvidado cómo eran esos mestos, pues las cosas cambian tan scorro en estos días, y todos olvidan tan rápido, aparte de que tampoco se leen mucho los diarios. Bueno, allí vendían leche con algo más. No tenían permiso para vender alcohol, pero en ese tiempo no había ninguna ley que prohibiese las nuevas vesches que acostumbraban meter en el viejo moloco, de modo que se podía pitearlo con velocet o synthemesco o drencrom o una o dos vesches más que te daban unos buenos, tranquilos y joroschós quince minutos admirando a Bogo y el Coro Celestial de Angeles y Santos en el zapato izquierdo, mientras las luces te estallaban en el mosco. O podías pitear leche con cuchillos como decíamos, que te avivaba y preparaba para una piojosa una-menos-veinte, y eso era lo que estábamos piteando la noche que empieza mi historia.
Teníamos los bolsillos llenos de dengo, de modo que no había verdadera necesidad de crastar un poco más, de tolchocar a algún anciano cheloveco en un callejón, y videarlo nadando en sangre mientras contábamos el botín y lo dividíamos por cuatro, ni de hacernos los ultraviolentos con alguna ptitsa tembleque, starria y canosa en una tienda, y salir smecando con las tripas de la caja. Pero como se dice, el dinero no es todo en la vida.
Los cuatro estábamos vestidos a la última moda, que en esos tiempos era un par de pantalones de malla negra muy ajustada, y el viejo molde de la jalea, como le decíamos entonces, bien apretado a la entrepierna, bajo la nalga, cosa de protegerlo, y además con una especie de dibujo que se podía videar bastante bien si le daba cierta luz; el mío era una araña, Pete tenía una ruca (es decir, una mano), Georgie una flor muy vistosa y el pobre y viejo Lerdo una cosa bastante fiera con un litso (quiero decir, una cara) de payaso, porque el Lerdo no tenía mucha idea de las cosas y era sin la más mínima duda el más obtuso de los cuatro. Además, llevábamos chaquetas cortas y ajustadas a la cintura, sin solapas, con esos hombros muy abultados (les decíamos plechos) que eran una especie de parodia de los verdaderos hombros anchos. Además, hermanos míos, usábamos esas corbatas de un blanco sucio que parecían de puré o cartófilos aplastados, como si les hubieran hecho una especie de dibujo con el tenedor. Llevábamos el pelo no demasiado largo, y calzábamos botas joroschós para patear.
-¿Y ahora qué pasa, eh?

GLOSARIO NADSAT-ESPAÑOL
Drugo: amigo.
Rasudoque: cerebro.
Mesto: lugar.
Scorro: rápido.
Vesche: cosa.
Moloco: leche.
Pitear: beber.
Velocet: droga.
Synthemesco: droga.
Drencrom: droga.
Joroschó: muy bien, muy bueno.
Mosco: cerebro.
Dengo: dinero.
Crastar: robar.
Tolchocar: golpear.
Cheloveco: individuo.
Videar: ver.
Ptitsa: muchacha.
Starrio: viejo, antiguo.
Plecho: hombro.

Temas: Asociaciones libres, Sociedad, Segundas lecturas, Cine, Literatura, Lenguaje urbano |


3 comentarios sobre “Guayaquil, ciudad naranja y mecánica”

  1. Mariano Delfino dice:
    Viernes, Agosto 8, 2008 a las 10:56

    Pancho! Como andas? Espero que bien. Te escribo para avisarte que hoy no voy a poder ir a la clase. Te mando un abrazo grande y nos estamos viendo.
    Mariano Delfino

  2. san tiago dice:
    Jueves, Agosto 28, 2008 a las 18:06

    muy bueno para hacer un producto gráfico!
    felicitaciones!

  3. Pancho Dondo dice:
    Jueves, Agosto 28, 2008 a las 18:09

    ¡Tenés toda la razón, Santi!
    Te lo dejo servido en bandeja.
    Pancho

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