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Descansen en paz, viejas cámaras
Jueves, Junio 19, 2008Un curioso reciclado, el de un orfebre que convierte lentes fotográficos usados en brazaletes, sirve de excusa para recordar un texto movilizador de Eduardo Galeano.




Cuatro de los ex lentes fotográficos y actuales brazaletes de la colección Re:vision, creación del orfebre australiano Craig Arnold, de la ciudad de Adelaida. Se venden –por cifras que en varios casos superan los 200 dólares– en Oye Modern, un espacio de joyería contemporánea concebida por diseñadores independientes.
La noticia de los lentes fotográficos reciclados en brazaletes apareció ayer en un par de medios australianos. Pero luego del esperable deslumbramiento por la evidente armonía de los objetos –cualquier persona con una mínima inclinación histórica por la fotografía sabrá reconocer que prácticamente todos los accesorios de las viejas cámaras son estéticamente bellos–, uno percibe que la neurona que domina por igual la nostalgia y la ideología –si no es la misma, no importa– de pronto grita ¡momento!, pide un minuto como los técnicos de básquetbol y se queda pensando.
Los brazaletes son claramente hermosos, pero… ¿qué hubiera sentido una vieja cámara Minolta si llegaba a enterarse del verdadero y último sentido de su reencarnación?
Las viejas cámaras analógicas eran objetos hermosos, pero… ¿quién puede preferir su lentitud y su riesgosa mecanicidad por sobre la velocidad y electrónica certeza de una cámara digital?
La nostalgia y la ideología pueden hacer que a uno le caiga un lagrimón cuando siente que su vieja cámara casi tenía alma, pero… ¿no es esta, la del reciclado de los lentes en elegantes brazaletes, una excelente síntesis de la posmodernidad y de su excitante y casi constante contradicción?
Sea como sea, la nostalgia y la ideología tienen bien ganado su derecho a las citas caprichosas y los lagrimones a destiempo… como es el caso del siguiente cuento del uruguayo Eduardo Galeano (Montevideo, 3 de septiembre de 1940), incluido en El libro de los abrazos de 1989.
La frontera del arte
Fue la batalla más larga de cuantas se pelearon en Tuscatlán o en cualquier otra región de El Salvador. Empezó a la medianoche, cuando las primeras granadas cayeron desde la loma, y duró toda la noche y hasta la tarde del día siguiente. Los militares decían que Cinquera era inexpugnable. Cuatro veces la habían asaltado los guerrilleros, y cuatro veces habían fracasado. La quinta vez, cuando se alzó la bandera blanca en el mástil de la comandancia, los tiros al aire empezaron los festejos.
Julio Ama, que peleaba y fotografiaba la guerra, andaba caminando por las calles. Llevaba su fusil en la mano y la cámara, también cargada y lista para disparar, colgada del cuello. Andaba Julio por las calles polvorientas, en busca de los hermanos gemelos. Esos gemelos eran los únicos sobrevivientes de una aldea exterminada por el ejército. Tenían dieciséis años. Les gustaba combatir junto a Julio; y en las entreguerras, él les enseñaba a leer y a fotografiar. En el torbellino de esta batalla, Julio había perdido a los gemelos, y ahora no los veía entre los vivos ni entre los muertos.
Caminó a través del parque. En la esquina de la iglesia, se metió en un callejón. Y entonces, por fin, los encontró. Uno de los gemelos estaba sentado en el suelo, de espaldas contra un muro. Sobre sus rodillas, yacía el otro, bañado en sangre; y a los pies, en cruz estaban los dos fusiles.
Julio se acercó, quizá dijo algo. El gemelo que vivía no dijo nada, ni se movió: estaba allí, pero no estaba. Sus ojos, que no pestañeaban, miraban sin ver, perdidos en alguna parte, en ninguna parte; y en esa cara sin lágrimas estaba toda la guerra y estaba todo el dolor.
Julio dejó su fusil en el suelo y empuñó la cámara. Corrió la película, calculó en un santiamén la luz y la distancia y puso en foco la imagen. Los hermanos estaban en el centro del visor, inmóviles, perfectamente recortados contra el muro recién mordido por las balas.
Julio iba a tomar la foto de su vida, pero el dedo no quiso. Julio lo intentó, volvió a intentarlo, y el dedo no quiso. Entonces bajó la cámara, sin apretar el disparador, y se retiró en silencio.
La cámara, una Minolta, murió en otra batalla, ahogada en lluvia, un año después.
Temas: Ecología, Asociaciones libres, Diseño, Fotografía |










Jueves, Junio 19, 2008 a las 8:01
Y el mismo Galeano dijo otra vez: “Con tantas personas perdidas, llorar por las cosas es como faltarle el respeto al dolor”.
Pero yo no lo consigo, creo que él tampoco y no somos los únicos.
Aguante la nostalgia. Y las cosas.
Jueves, Junio 19, 2008 a las 14:46
El blog es excelente, estudio publicidad en La Plata, en el Instituto Superior de Ciencias, estuve en el FIAP y asi pude conocer el blog, mas alla q Javier Torrijos tambien habla de él en nuestras clases.
Realmente es genial poder ver cosas tan buenas como estas…..te dejan pensando.
Exitos!
Viernes, Junio 20, 2008 a las 13:28
COPADA IDEA!!! Siempre me copó lo de reciclar cosas, en el sentido de darles nuevos usos y vida para las que no fueron pensadas.
Hay vida después de la muerte, inclusive para las cosas.