« Nueve minutos livianos y un final impactante | Home | Incorrección política y paz, desde el arte »
¿Burros al escribir y genios al entender?
Martes, Mayo 6, 2008Un cartel hallado por una lectora recordó la insistente campaña de una librería mexicana y planteó la pregunta: ¿faltas de ortografía o ausencia de reglas?


Arriba, la foto enviada por Eli Gallo desde la provincia argentina de Misiones; abajo, una de las postales que integraron la campaña 2006 de la cadena mexicana de librerías Gandhi, responsabilidad de la agencia Ogilvy.
DISPARADOR UNO
La foto del cartel fue tomada el domingo por Eli Gallo, lectora de Adlatina Lado B que vive en la provincia argentina de Misiones. Y vale la pena citar literalmente el texto que acompañaba la imagen, porque fue el verdadero disparador de este post.
“Les mando una foto que saqué ayer cerca del kilómetro 1.600 de la ruta nacional 12 –explicaba Gallo–. Paramos a comprar un poco de leña y vi el cartel que ofrecía el maíz blanco, que es muy usado en esta época para hacer locro: mayo y junio son épocas de locro”.
“Y entonces me acordé no solamente de los locros de mi vieja, sino de todas las diatribas acerca de la ortografía que circulan, tanto en ambientes académicos de distintos niveles como en la red”.
“No sé qué piensen ustedes. Si las reglas están para ser respetadas, si están para ser respetadas a veces, o por algunos. Si las reglas están, ¿es para que sean respetadas? La pregunta sería, tal vez, qué hacemos cuando las reglas no están. Porque aquí no hay una falta de ortografía, sino una falta de regla. No se puede respetar (o no) lo que no existe”.
“Entonces, ¿importa la ausencia? ¿Sabés leer lo que ofrece el cartel? ¿Te comerías un locro?”.
Claro que sí. Y con más ganas después de ver el cartel. El disparador uno, evidentemente, dispara.
DISPARADOR DOS
¿Hay algún formato masivo de comunicación con más errores de ortografía, de semántica, de redacción y de sentido que la publicidad gráfica?
Y lo que es peor: ¿hay algún formato masivo de comunicación que, antes de su publicación definitiva, pase por más revisiones, pruebas, tests, correcciones, contrapruebas y nuevas revisiones que la publicidad gráfica?
Es muy probable que la respuesta convencida a ambas preguntas sea NO.
Lamentablemente.
Porque está bastante claro que, así como en el ámbito en que el cartel del maíz blanco fue escrito y “publicado” probablemente no existe regla alguna –con lo cual tampoco puede hablarse de una falta de ortografía–, los consumidores a los que los medios masivos de comunicación se dirigen sí han recibido cierta formación que les permite, llegado el caso, depositar una mirada crítica sobre aquello que los medios reciben, y adjudicar a las marcas las sensaciones que sus mensajes les generan a partir de lo formal (ortografía, semántica, redacción, sentido) antes que del contenido.
Lo cual lleva a considerar casi un bálsamo profesional la profunda y variadísima campaña que la cadena de librerías Gandhi, de México, viene firmando desde hace casi una década, gracias a las creaciones de su agencia Ogilvy.
La postal del burro que ilustra este post forma parte de la serie del año 2006, casi toda ilustrada con el mismo animal y con frases del tipo “Estoy a un paso de ser borrego”; “Busco burra que no lea”; “Si te van a decir burro, que no sea por no leer”; “Las mujeres sólo desean mi cuerpo, no mi mente”; “Cada vez somos menos”; “A ver si en Gandhi me quitan lo burro”; “Me urge ir a Gandhi”; y “Gandhi está acabando con nosotros”.
La notable marca, cuyo primer local se fundó en 1971 y que hoy tiene trece sucursales en todo el país (entre ellas, la librería más grande de México, con 1.600 metros cuadrados de superficie), es uno de los pocos anunciantes que, en su página web, reserva un rincón especialmente dedicado a atesorar todas sus creaciones publicitarias de los últimos años: se llama Publicidad Gandhi y puede verse aquí.
El disparador dos también funciona: cuando la excepción (la calidad de Gandhi, en este caso) llama la atención es porque el resto es regla.
DISPARADOR TRES
Tres, cuatro y hasta cinco mil. Porque el siguiente disparador no es más que la infinita cadena de preguntas planteadas hasta y desde aquí. “La pregunta sería qué hacemos cuando las reglas no están”, planteaba Gallo. ¿Y si las reglas están pero no se las conoce? ¿O si se las conoce pero no hay la más mínima intención de recordarlas? García Márquez ya planteó, hace diez años, “jubilar la ortografía”. ¿Vale la pena seguir conservando las incómodas diferencias entre V y B, S y Z, LL y Y? Y si uno es partidario del SÍ a esta última pregunta, ¿cómo hace para convencer definitivamente a los devotos del NO?
La bida hestá yena de desisiones moleztas.
Temas: Educación, Publicidad, Literatura |









