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Construir y destruir: ¿qué sentido tiene?
Jueves, Abril 24, 2008Por el plan de desarme voluntario, los argentinos entregaron 81.000 armas en 270 días; el curioso reciclado de un metal cuyo valor terminará ayudando a los niños.


Arriba, el banner que el propio Plan Nacional de Entrega Voluntaria de Armas de Fuego presenta en su página web; abajo a la izquierda, una imagen de la mayor destrucción histórica de armas, ocurrida en una siderurgia del partido bonaerense de Campana en octubre pasado; y a la derecha, un funcionario del Registro Nacional de Armas, en un puesto móvil del Plan, inutilizando un revólver de un mazazo en el caño.
La información fría, publicada por varios medios argentinos en estos días, indica que el Plan Nacional de Entrega Voluntaria de Armas, dependiente del Renar (Registro Nacional de Armas), recogió, desde que se puso en marcha el 10 de julio de 2007, nada menos que 81.000 armas. Mucho más, dicen los cables, que las 36.000 armas que esperaba recibir en su primer año de vigencia.
El reporte del diario La Nación recordó, por un lado, que el 24 de octubre de 2007, en la planta de la empresa ScrapService, tuvo lugar la primera destrucción masiva de armas recibidas (20.037, en lo que fue la mayor destrucción de armas de la historia argentina); y señaló, por otro, que entre el 4 y el 11 de mayo próximos, también en una planta siderúrgica del partido de Campana, serán destruidas otras 30.000.
El dato extra, necesario para terminar de entender todo el proceso, es que, tanto en octubre pasado como en mayo próximo, el valor del metal resultante de la fundición termina siendo donado a la Fundación Garrahan, una ONG cuya misión es apoyar el desarrollo del Hospital Garrahan, especializado en los problemas más complejos de la salud infantil.
LA PARADOJA
¿Es decir que algún niño que esté internado en el Hospital Garrahan en grave estado luego de algún accidente con un arma de fuego puede llegar a ver mejorada su situación gracias al dinero proveniente de miles de armas de fuego?
Pues así es: una tanta de las paradojas de esta sociedad diseñada por los seres humanos, en la que un Estado bendice la comercialización de un producto para, inmediatamente después, convocar a sus compradores a entregarlo, a cambio de dinero, y a la primera de cambio destruirlo masivamente.
¿No sería más sensato apuntar, como Estado, a la raíz del problema, y tratar de que la producción y la compra de armas de fuego disminuyera radicalmente, en lugar de invertir millones en su compra y su posterior destrucción?
Es cierto, en este momento la industria de las armas de fuego, con este Plan, está constribuyendo pacíficamente tanto con la bendecida industria del reciclado como con el fundamentalísimo bien público… También es verdad que el problema probablemente involucre intereses –mezquinos, obviamente– bastante más complejos que los enunciados al voleo en este par de párrafos… Pero no hay mucha vuelta que darle: la vida moderna está –y estará– inundada de esta clase de paradojas, que ya han señalado mejor que nadie los grandes escritores y los grandes humoristas.
Como el escritor inglés Gilbert Keith Chesterton (1874-1936), que con respecto a los medios masivos de comunicación escribió: “Journalism largely consists of saying ‘Lord Jones is dead’ to people who never knew that Lord Jones was alive” (El periodismo, en buena medida, consiste en decir ‘El señor Jones ha muerto’ a gente que jamás supo que el señor Jones estuviera vivo).
Es que la muerte tiene mucho más rating que la vida. Y así como nadie está dispuesto a dejar de ganar dinero gracias al rating comercial que tienen instrumentos de muerte como las armas de fuego, los mismos consumidores de esa industria mortal parecen estar encantados de que el Estado, a cambio de 100, 200 o 450 pesos, les quite de encima esa pequeña carga de conciencia que, para peor, les ocupa demasiado espacio en el cajón de la mesa de luz.
Temas: Política, Periodismo, Sustentabilidad, Sociedad, Segundas lecturas |











Jueves, Abril 24, 2008 a las 11:34
Leo la nota de La Nación y hay algo que me resulta “gracioso”:
“…son muchos los que las entregan simplemente porque no las quieren tener más. Sobre todo, mujeres. Como el caso de María del Carmen, de 53 años, vecina de Villa Crespo: «Hace años que tenía una pistola guardada en el placard y recién ahora me decidí a entregarla. De paso, me gané unos pesos. Nunca la usé, era una herencia que me dejó mi abuelo»” (sic)
Inmediatamente después, el artículo de La Nación comenta uno de los objetivos de tal plan:
“Con el plan de desarme voluntario se busca reducir los índices de violencia por medio de la reducción del circulante de armas”. (sic)
Me pregunto: ¿con casos como el de María del Carmen se reduce el índice de violencia?