blog

extras

temas

encuentros


« Los Simpsons y Perón, segundo capítulo | Home | ¿Franceses cantando el himno de EE.UU.? »

Buenos Aires, 1932: drogas, sexo y poesía

Martes, Abril 15, 2008

Uno de los escritores malditos del siglo XX colombiano, Bernardo Arias Trujillo, dejó registro poético de una noche de desenfreno en la capital argentina.


A la izquierda, Bernardo Arias Trujillo en la única foto suya que circula por la web; a la derecha, una imagen de la Buenos Aires que conoció cuando fue secretario de la embajada de su país: el transbordador del puente Almirante Brown, sobre el Riachuelo, en pleno funcionamiento.

El colombiano Bernardo Arias Trujillo nació en Manzanares en 1903 y murió en Manizales, por decisión propia, en 1939. En esos treinta y cinco años cultivó su habilidad para escribir en formatos tan variados como el periodismo, el ensayo, el panfleto político, la traducción, el cuento y la poesía; pero sobre todo cultivó con esmero y dedicación la bohemia, el escándalo, la polémica, el libertinaje y el placer –intelectual y físico–, en un combo que exhibía referencias constantes a su maestro –intelectual y físico– Oscar Wilde.
Arias Trujillo había estudiado Derecho en Bogotá, había sido jefe de redacción de la revista La novela semanal, había publicado tres novelas breves (Luz, Muchacha sentimental y Cuando cantan los cisnes) y había fundado y dirigido un diario (Universal) cuando, en 1932, sin haber cumplido todavía 30 años, se instaló en la ciudad que le dejaría una marca indeleble: Buenos Aires.
Combinando su flamante cargo de secretario de la embajada de Colombia en la Argentina, su privilegiado carácter diplomático y su innegable afición a satisfacer los deseos del cuerpo, dedicó su estadía en esa ciudad a conocer y disfrutar la noche porteña y a escribir a buen ritmo.
En Buenos Aires trabó amistad con el español Federico García Lorca: tiempo después contaría que lo conoció en la legación de Colombia y que se reunieron “en un rincón de la biblioteca a beber champaña y fumar tabacos turcos mientras derivaban por un ámbito de exquisita sensibilidad”.
Además, publicó una novela (Por los caminos de Sodoma) bajo el seudónimo de Sir Edgar Dixon y redactó el poema a que hace referencia la introducción de este post, en el que contaba una historia íntima que comienza en un bar del puerto (entre “poetas, pederastas, muchachas milongueras, apaches, morfinómanos, artistas y pintores”), culmina en “los rojos cojines y las sedas de una cama asiática” e involucra a un adolescente de 14 años que ofrece cocaína y sexo a quien lo desee.
Vuelto a su Colombia natal, Arias Trujillo publicó su propia versión de La balada de la cárcel de Reading –incluyendo una furibunda crítica a la traducción que del mismo poema había hecho en 1932 Guillermo Valencia–, escribió Diccionario de emociones y la novela Risaralda (considerada actualmente su obra cumbre) y no dejó de añorar su experiencia diplomática en el Río de la Plata ni de soñar con volver algún día a Buenos Aires.
Finalmente, el 4 de marzo de 1939, se suicidó con una sobredosis de morfina.
El médico que lo atendió mientras agonizaba describiría poco después: “Arias Trujillo se fue por la borda. El golpe lo dio con morfina en una dosis tan maciza que cuando el médico llegó no había posibilidad de hacer nada. Ya había puesto los dos pies en los estribos de la muerte. (…) Su complejo sexual lo estaba llevando a crueles ángulos de misantropía, por su lado, y de aislamiento, por parte de la sociedad. No le valieron ni consejos, ni súplicas, ni efectivas ayudas morales y materiales. Todo lo veía con criterio de náufrago”.

EL POEMA
Tanto el adolescente de 14 años como el poema mismo se llaman Roby Nelson, y hoy aparecen en este blog gracias al único espacio en internet que lo publicó, hace apenas unos meses: el blog Nos van a perdonar, de Carlos A. Jaramillo y Pablo R. Arango, ambos de Manizales, Colombia.

Roby Nelson
Lo conocí una noche estando yo borracho
de copas de champaña y sorbos de heroína;
era un pobre pilluelo, era un lindo muchacho
del hampa libertina.

Ardía Buenos Aires en danza de faroles;
sobre el espejo móvil del Río de la Plata
fosforecían las barcas como pequeños soles
o pupilas de ágata.

En el asfalto móvil de la amplia costanera
el arrabal volcaba sus luces de colores:
poetas, pederastas, muchachas milongueras,
apaches, morfinómanos, artistas y pintores.

Los pecados ladraban como perros sin dueño
entre la bulliciosa cosmópolis del bar;
los marinos iban en góndolas de ensueño
sobre las aguas líricas del mar.

En un ángulo turbio miro desde mi mesa
a un pálido chiquillo que sonríe y me mira
y a través de las gotas rubias de la cerveza
mi lujuria conspira.

Tiene catorce años y en sus hondas pupilas
cercadas por paréntesis lívidos de violeta,
ojeras prematuras del vicio, ojeras lilas
de onanista o asceta.

¿Quién eres tú? –le dije,
rozando sus cabellos ondulantes de eslavo.
¡Yo! soy un niño triste…
Roby Nelson me llamo.

Roby Nelson… lindo nombre de golosina,
nombre que suena a dulces tonadas de ocarina,
nombre que tiene dóciles inflexiones de amor
y una delicadeza enfermiza de flor.

Y pienso: Este muchacho
es un retoño de hombre que errará por el mundo,
en sus pupilas grises hay un dolor profundo,
es hijo de inmigrantes venidos de lejanos países
y en su cuerpo errabundo
se ha cruzado la sangre de dos razas tristes.

Se llama Roby Nelson, flor del barrio,
que va de muelle en muelle, de vapor en vapor,
este chico vicioso de cabellos de eslavo
vende cocaína y amor.

Es hijo de la noche y huésped del suburbio,
hoja de Buenos Aires que el viento arrebató,
desperdicio del vicio, pobre pétalo turbio
que un arroyo se llevó.

Tal vez en un hospicio su cuna se meció
y es hijo de prostituta y de ladrón.
¿Quieres estar conmigo esta noche, pilluelo?
Y sus ojos piratas me dijeron que sí.

Mi sangre trepidaba entre llamas de anhelo
y naufragué en un tibio frenesí.
Besé entonces los lirios ignotos de sus manos,
la fresa de su boca congelada de frío;
nos fuimos vagabundos por los diques lejanos
y en esa noche griega fue sabiamente mío.

¿Qué quiere usted que hagamos?
Me dice con la gracia de una odalisca rusa;
y se quita la blusa, se desnuda
y me ofrece su cuerpo como si fuese un ramo.

Desnudo entre los rojos cojines y las sedas
sobre la cama asiática me brinda sus primicias;
sus manos galopaban en pos de mis monedas,
las mías galopaban en pos de sus caricias.

Y besando su cuerpo de palidez divina
que tenía la eucarística anemia de las rosas
le dije tembloroso en un dulce clamor:
Te pido solamente que me vendas dos cosas:
un gramo de heroína y dos gramos de amor.

¡Roby Nelson! ¿Dónde estarás ahora?,
¿Nueva York, Río de Janeiro, Filipinas, Balsora,
Panamá, Liverpool?
¿Dónde estás, Roby Nelson de cabellos de eslavo,
con tus hondas ojeras, tu chaqueta de esclavo
y tu raída gorra azul?

¿Por qué turbios caminos empañados de ausencia
van tus zapatos viejos robados a Chaplín?
Quizá la droga trágica que embriaga de demencia
como una diosa pálida amortajó tu esplín.
Muchachito bohemio, príncipe de tus vicios,
exquisito y perverso, frágil como una flor.

En mis noches paganas de crisis voluptuosas,
en los hondos naufragios de mi fe y mi dolor,
te pido como antes que me vendas dos cosas:
un gramo de heroína y dos gramos de amor.

PD: El trasbordador del puente Almirante Brown, que ilustra este post, se inauguró en Buenos Aires el 31 de mayo de 1914 y siguió funcionando hasta la década del 60. De 8 por 12 metros, unía el extremo de la avenida Almirante Brown en el barrio de La Boca con la avenida La Plata en el partido de Avellaneda, y transportaba peatones, carros, vehículos a motor o tranvías. Dado que es uno de los únicos ocho puentes con trasbordador que quedan en pie en el mundo (de los veinte que alguna vez se construyeron) y el único de los ocho que no está en funcionamiento, hoy existe un proyecto para recuperarlo y lograr que sea declarado patrimonio de la humanidad por la Unesco.

Temas: Historia, Literatura |


Agregue su comentario