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¿Son realmente necesarios los pronósticos del clima?

Martes, Marzo 11, 2008

Por internet circula la foto de un mecanismo que, con una sencillez brutal, desnuda hipocresías y falsos profetas: la Piedra del Pronóstico del Tiempo de Gary


La Piedra del Pronóstico del Tiempo de Gary es uno de los grandes éxitos de la web, en los últimos tiempos, en cuanto combinación rigurosa y feliz del método científico con la inocencia de un niño.

Si uno, en su escuela secundaria, le preguntaba a su profesor de geografía qué era exactamente el pronóstico del tiempo, recibía una respuesta que decía más o menos: “Es la aplicación de la ciencia y la tecnología para predecir el estado de la atmósfera para un período de tiempo futuro y una localidad o región particular”.
Mmm. En esa definición elegante y precisa se inmiscuyen, casi como sin querer llamar la atención, las palabritas predecir y futuro. Predecir el futuro ha sido, desde tiempo inmemorial, uno de los desvelos permanentes del género humano. El principal “futuro” que cualquiera sueña con predecir es, obviamente, el de la propia muerte: ¿quién no fantasea con, llegado el momento, estar perfectamente avisado del arribo de la Parca para hacerle con toda prolijidad un esquinazo y seguir feliz –y comiendo perdiz– durante un par de décadas más?
Es que no cualquiera tiene el privilegio de Antonius Blok, el audaz caballero que Max von Sydow interpretaba en El séptimo sello (Ingmar Bergman, 1957). En aquella obra maestra, Blok volvía a su pueblo luego de diez años de ausencia por las Cruzadas y, al encontrar su comarca diezmada por la peste, decidía desafiar a la Muerte a un juego de ajedrez para lograr, de ese modo, ganar tiempo hasta encontrar una acción que le diera sentido a su vida antes de morir. Existencialismo puro.

UN DESVELO MENOR
Es cierto que saber con toda precisión si va a llover o no, si habrá sequía o inundación, no tiene la misma trascendencia. Pero el pronóstico del clima sí jugó siempre un papel fundamental en la economía de los pueblos básicamente agrícolas. En el año 650 antes de Cristo, los babilonios buscaban la respuesta a la eterna pregunta en los desplazamientos de las nubes. Tres siglos después, Aristóteles explicaba patrones del tiempo en su obra Meteorológica, mientras los chinos ya aventuraban ciertos pronósticos basándose en fenómenos como el color de un amanecer.
La clave para que la meteorología se calzara el guardapolvo blanco y recibiera el título de “ciencia” fue la invención del telégrafo en 1837. Desde ese momento, cruzar información de regiones remotas fue posible con mucha mayor inmediatez, y los pronósticos comenzaron a ostentar cada vez más certidumbre.
Algo que, de todas maneras, jamás se logró –ni se logrará– al ciento por ciento, tal como explicó el científico Bob Ryan en el Boletín de la Sociedad Estadounidense de Meteorología en 1982: “Imagine la rotación de una esfera de 12.800 kilómetros de diámetro, con una superficie irregular, envuelta por una mezcla de 40 kilómetros de diferentes gases cuyas concentraciones varían espacial y temporalmente, y que es calentada por un reactor nuclear a 150 millones de kilómetros de distancia –describía gráficamente Ryan–. Imagine, además, que esta esfera orbita alrededor del reactor nuclear y algunas de sus regiones son calentadas más durante una parte de la revolución, mientras que otras localidades se calientan durante otra parte de la revolución. E imagine que la mezcla de gases recibe continuamente inputs de la superficie abajo, casi siempre calmadamente pero a veces de manera violenta y con inyecciones muy puntuales. Finalmente imagine que, después de la mezcla de gases, usted pretende conocer la predicción del estado atmosférico de una locación en la esfera para uno, dos o más días en el futuro. Este es, esencialmente, el desafío que encuentra día a día un pronosticador del tiempo”.

LA SOLUCIÓN
Sin tanta vuelta ni combinación de gases y apelando –una vez más– al menos común de los sentidos, el citado Gary –de quien se desconoce desde el apellido hasta la ciudad de residencia, en una prueba más de que internet es un universo paralelo que prescinde por completo de precisiones físicas– tomó un pedrusco cualquiera, lo ató a un alambre, lo colgó junto a una pared, pintó unas pocas y muy certeras frases sobre los diferentes estados en que podía uno toparse con el pedrusco, fotografió el conjunto y subió la imagen a la web, para fanatismo instantáneo de la espontánea troupe de seguidores de Gary.
Traducido, el pronóstico de Gary dice:
• Piedra mojada – Llueve.
• Piedra seca – No llueve.
• Sombra en el suelo – Sol.
• Blanco en la parte de arriba – Nieve.
• La piedra no se ve – Niebla.
• La piedra se balancea – Viento.
• Piedra brinca arriba y abajo – Terremoto.
• La piedra no está – Tornado.
¿Quién necesita los pronósticos del clima?

Temas: Humor, Naturaleza, Sociedad |


Un comentario sobre “¿Son realmente necesarios los pronósticos del clima?”

  1. Mariano Delfino dice:
    Martes, Marzo 11, 2008 a las 20:19

    Pancho, te dejo esta pagina interesante que encontre http://www.nopuedocreer.com/quelohayaninventado/page/6/

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