blog

información

temas


« Gabo: un cantautor que tiene lo que hay que tener | Home | Veintiún museos del mundo atesoran mierda de artista »

El triste destino de una Underwood No. 5

Miércoles, Febrero 27, 2008

Una lúcida representante de la máquina de escribir más vendida de la historia se pregunta qué tiene que hacer ella en una vidriera, donde nadie puede tocarla

Foto: Pancho Dondo.

Ya sé: no soy un pincel. Ni una guitarra. Felices de ellos, que sólo generan arte. Es cierto que en mí han escrito cuentos, poemas, canciones. Hasta recuerdo aquel verano en que esa niña de ojos tristes tecleó sobre mí una novela completa. Pero debo reconocer que también me he enfrentado con secretarias de insoportable perfume que me usaron para mecanografiar (¡qué palabra horrible!) liquidaciones, contratos, listas de compras.
Me llamo 3.884.499. Ese es mi nombre de pila, al menos. Algunos le dicen número de serie. Bah. Gente aburrida, que no puede entender la poesía de una serie de cifras. Ah, y mi apellido es Underwood. Creo que fui una de las más pequeñas de mi familia: nací en 1932, en la misma casa de Nueva York en la que nacieron mis casi cuatro millones de hermanas mayores. Las más viejas, en 1896, por lo que me contaron.
En estos 76 años tuve contacto con cientos de escritorios, mesas, cómodas y estantes. ¡Y con millones y millones de dedos! Dedos firmes, dedos temblorosos, dedos enérgicos que me hacían doler hasta los resortes, dedos manchados con jalea, dedos de uñas largas que pellizcaban mis letras, dedos gruesos, dedos finos, dedos de todas las clases. A veces me molestaban, o me despertaban de alguna siesta apacible, pero ¡para qué hubiera servido yo sin ellos!
Por eso no entiendo, no logro entender, qué demonios estoy haciendo yo detrás de un vidrio. ¿Quién me trajo hasta aquí? Debí de estar muy distraída cuando lo hicieron. Caras veo muchas, pero dedos ninguno. Se acercan chicos, ancianos, mujeres a punto de parir… ¡incluso gente que parece mucho más interesante que aquellos escribanos detestables de la avenida Broadway con los que trabajé en 1941! Pero no hay caso: entre ellos y yo, el eterno vidrio.
Y lo peor de todo es esta ridícula mujer sin cabeza, rígida por donde se la mire, que tengo al lado. A ella sí le prestan cierta atención de vez en cuando. Es en las pocas ocasiones en que un muchacho, agradable y bien vestido, silbando y sin prisa aparente, viene y le cambia el vestido. ¡A ella, que ni siquiera puede verlo!
A mí, en cambio, nada. Ni el muchacho de los silbidos, ni los cientos de visitantes que se acercan al vidrio y se quedan allí, muy del otro lado. Nadie. Absolutamente nadie.
Mi pequeña y silenciosa venganza contra la descabezada inmóvil es que a ella la miran mucho menos que a mí. ¡Por más que la cambien de vestido y la cepillen, por más que ella muestre sensualmente esa pierna levantada que alguien le habrá inmovilizado así, porque si fuera por ella…! Ja. A ella la miran, sí. ¡Pero a mí me admiran! Casi todos se quedan embobados con la vista posada en mis 45 teclas –¡no me falta ni una!–, y a veces hasta comentan y cuchichean entre sí mientras me señalan.
De todos modos lo que yo necesito no son miradas, sino ¡dedos! ¡Alguien que escriba algo conmigo, aunque más no sea un telegrama!
No creo poder soportarlo mucho más. Un día de estos tomo impulso y rompo el vidrio de un salto. ¡Y ahí sí que no me para nadie!

Temas: Abrí Los Ojos, Marketing, Periodismo, Asociaciones libres, Literatura |


5 comentarios sobre “El triste destino de una Underwood No. 5”

  1. Marta Insua dice:
    Miércoles, Febrero 27, 2008 a las 13:55

    Bravo, Pancho, alguien tenia que escribir esta elegia a la Underwood, esa en la que aprendi a escribir a maquina a los 10 años, en la inmobiliaria de mi papá.

  2. Carola Mastrogianni dice:
    Jueves, Febrero 28, 2008 a las 13:57

    Es imposible no asociarse a la idea de que en este mundo hay tantos artistas, tantos personajes anónimos talentosos que encerrados por el destino terminan añorando –como esa maquina de escribir– las ganas de volver a sentirse útiles, a retomar lo que son.
    Pero allí están, inmersos en trabajos burocráticos o simplemente operativos, nadie les pide mas, nadie los nota, ni mucho menos los estimula; solo con miradas altivas y distantes a sus espaldas murmuran - Este se cree artista, jha! pero por algo esta acá…
    Entonces tras una vidriera se observa como el tiempo pasa y las oportunidades –si es que existieron– no vuelven.
    La identidad se pierde con la ausencia de lo esencial, sentirse vivo es crear; y crear, para un artista, es su certificado de existencia.
    Pobre Underwood No. 5! La ven ahí y la recuerdan muerta.

  3. Buscando objetos antiguos, extraños, curiosos | Pensamientos Despeinados dice:
    Domingo, Marzo 2, 2008 a las 7:02

    […] Foto: la primera fotografía es de Pancho Dondo (publicada con su autorización), del blog Adlatina Lado B, en donde generó este genial posteo: El triste destino de una Underwood No. 5 […]

  4. Ricardo Cie dice:
    Domingo, Marzo 2, 2008 a las 15:25

    Eso sin mencionar el frío que está pasando la mujer sin cabeza (el que se transparenta en su blusa), y lo que podría decir el reloj de bolsillo, sin cadena desde hace cuánto tiempo, los papeles que nunca serán cartas, las sombras de los que los ignoran en el reflejo del vidrio. Un universo congelado y nosotros sin saberlo. Hasta ahora. Un abrazo Pancho.

  5. Oveja dice:
    Lunes, Marzo 3, 2008 a las 19:31

    Muy lindo, Pancho. Es verdad que no debe haber nada como escribir poesía tecleando sobre una pesada Underwood, pero tu elegía demuestra que también se puede hacer poesía con una Pentium del año 2007…, aunque te debe haber costado un poquitito más ;)

Agregue su comentario