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De Leonardo Di Caprio y Al Gore a la escala de grises
Miércoles, Diciembre 5, 2007
A la izquierda, el trailer de “La última hora”, el documental narrado por Di Caprio que se estrena mañana en Buenos Aires; a la derecha, una secuencia de un noticiero de la TVE del día en que Al Gore recibió el premio Nobel de la Paz.
El 25 de octubre pasado llegó a la región –más concretamente a Chile, primera plaza de estreno– La última hora, un documental sobre la sostenibilidad del planeta y las energías renovables. Dirigido por las hermanas Leila y Nadia Conners, 11th hour (tal su título original) fue narrado por Leonardo Di Caprio, uno de los actores más comprometidos con estos temas.
Después de varios años de haberse acostumbrado a encontrarse con el rostro de Bono –alma mater del grupo irlandés U2– como único representante de los famosos en cuanta cumbre sobre calentamiento global y responsabilidad social existiera, el público se encontró, en los últimos tiempos, con que el ex vicepresidente de los Estados Unidos Al Gore se sumó a la causa, y con particular éxito: de un Oscar por su documental La verdad incómoda al premio Nobel de la Paz.
Hasta aquí, todo parece información de tinte exclusivamente positivo.
Pero no. La gente pretende no ser tan tonta. Bono desde la música, Di Caprio desde la actuación y Gore desde la política, según muchos, no han hecho más que “aprovechar su fama” y “subirse a un tema que en estos momentos vende” para llevar “más dinero y más fama a sus arcas personales”.
¿Puede leerse la realidad de modo tan mezquino?
Y dejando de lado virtudes y defectos, derechos y deberes, el ser y el deber ser, la pregunta puede ser aun más sencilla: ¿a quién puede ocurrírsele que la realidad es tan soberanamente simple?
Red, green, blue
Todos los publicitarios del planeta, y en general cualquiera que se dedique a impresiones, tintas e incluso pantallas (de televisión o de computadoras), saben que los colores se logran en base a una combinación de tonos básicos. De cuatro tintas en el caso del papel (cyan, magenta, amarillo y negro), de tres colores en las pantallas (rojo, verde y azul).
Si se le adjudica a la famosa sigla RGB (representativa del red, el green y el blue que componen los colores de los monitores, y omnipresente en el formato de todas las imágenes) un significado distinto al original, quizás sea más fácil comprender que todo el mundo surge de una combinación única y especial, como los grises de la escala que se ve al pie. R por revanchista, G por gritón y B por bondadoso no generará una personalidad parecida al que mezcle R por romántico, G por generoso y B por belicista.
Sí, parece una comparación excesivamente literal y obvia. Pero es útil.
Y así como –según puede verse en el video de TVE que aparece arriba a la derecha– 136.000 personas ya firmaron y pagaron hace un mes y medio un aviso de página completa en The New York Times para pedirle a Al Gore que vuelva a candidatearse a la presidencia de los Estados Unidos –personas que, por lo tanto, ya compraron ese gris particular que compone la personalidad del referente global–, ¿no será tiempo de que aquellos publicitarios, imprenteros, informáticos y demás especialistas en colores aprendan la lección, descubran que nadie es totalmente blanco ni totalmente negro y comiencen a hacer algo concreto por un mundo en peligro?

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